Una mirada al "Empoderamiento Juvenil"

“Tengo 22 años y ya he pasado por el peor atentado terrorista en EE.UU., una crisis financiera, una pandemia mundial y ahora nos enfrentamos a una crisis climática que pone en juego la vida de toda mi generación”.

Ese fue, el tuit que leí de un joven preocupado hace un par de semanas. No fue el único, animado por Greta Thunberg y otros activistas, que ha levantado su voz. Todos los días vemos una gran cantidad de jóvenes que están inquietos y molestos por todos los problemas que debemos resolver. Tienen todas las razones para estar preocupados, molestos e inseguros sobre el futuro. Pero cuando todo esto conduce a la ira, la ansiedad y la depresión, que también es común, empiezo a preguntarme qué tan bien los estamos empoderando.




El mundo nunca estuvo libre de problemas serios. Si naciste en 1910, a los 22 años habrías vivido una guerra mundial, una pandemia mundial y la gran depresión. Y eso fue solo un comienzo; cosas más terribles te esperaban solo un par de años después. Así que sí, los jóvenes necesitan lidiar con muchas cosas,como muchos otros lo hicieron en el pasado. No es ideal, pero la humanidad siempre trató de evolucionar y progresar, y en la actualidad no es diferente. No me malinterpreten; hay muchas cosas que están terriblemente mal y que debemos corregir: la desigualdad, la crisis climática, la discriminación, la pobreza, etc., pero hacer creer a esta generación de jóvenes que son víctimas, sería engañarlos y subestimarlos.


Por supuesto que debemos apoyar a los jóvenes en las batallas que decidan emprender. Necesitamos sus ideas frescas, su energía revolucionaria y su insolencia para cuestionar los sistemas que no funcionan y que necesitan urgentemente ser repensados. Pero no debemos verlos con lástima y alimentar su enojo. Por el contrario, debemos estar ahí para guiarlos, aportar nuestra experiencia, ayudarlos a ver oportunidades que aún no han sido identificadas y dotarlos de habilidades, herramientas e inteligencia emocional. "Sí, tenés razón en estar preocupado y molesto, pero podemos arreglar esto juntos", debería ser el principal mensaje de los adultos hacia ellos.


"El colapso de nuestra civilización es inevitable", dijo recientemente un reconocido activista de la Rebelión XT en Argentina. Además de que nada es realmente inevitable, el mensaje fue claro, fuerte y, a mis ojos, peligroso, considerando que la mayoría de sus seguidores son jóvenes. Estamos diciéndole a toda una generación que no hay nada que hacer, que deben rebelarse contra "el sistema", que deben desobedecer las normas y que deben hacer lo que sea para defender el planeta, ya que sus vidas están en juego. La culpa no es de ellos, sino de las generaciones anteriores -que, por cierto, eran jóvenes hace algunos años-. Hay serias implicancias en la difusión de estos mensajes extremos que ponen en peligro las democracias, crean radicalización y amenazan esas conversaciones tan necesarias. La clave para afrontar cuestiones complejas es entender que necesitamos diversidad de ideas, puntos de vista y pensamiento crítico.


En mi experiencia de trabajo con jóvenes hay algo muy claro: no aprecian la condescendencia. Así que si nuestra idea de escuchar activamente y empoderar a nuestros jóvenes es sólo decirles "¡Sí, deberías estar enojado! Exigí un cambio", no les estamos haciendo ningún favor. Lo peor de todo es que no vamos a avanzar en los temas que debemos resolver. Los problemas complejos son difíciles de resolver y deberíamos ser capaces de proponerles algo más que patear una puerta abierta una y otra vez. Un mejor enfoque sería ayudarlos a lidiar con sus emociones, desarrollando la inteligencia emocional, fomentando la colaboración, dándoles herramientas para entender los problemas sistémicos de cómo podemos impulsar el cambio y acelerar las transiciones haciendo visible el panorama general. Sí, tenemos mucho que tratar, pero también estamos mejor equipados. Tenemos ciencia, datos, tecnología y conocimientos. Pero dependemos de nuestras capacidades humanas para crear, imaginar y trabajar juntos. Todo esto necesita una chispa de esperanza, confianza e incluso fe en el potencial para hacer grandes cosas.




Por esa razón, el empoderamiento de los jóvenes es central en la Fundación El Desafío. Lo que buscamos es ayudarlos a desarrollar estas habilidades blandas, que tantas veces se pasan por alto. Llevamos más de 15 años de trabajo con programas que usan el deporte, el arte, la tecnología, la ciencia, la música y la cocina, para potenciar habilidades como el trabajo en equipo, la comunicación efectiva, el liderazgo, la creatividad, la resolución de problemas, entre otras, que les permitan enfrentar los desafíos que se les presentan. Confiamos en el potencial de los jóvenes, sí; pero ese potencial necesita las mejores condiciones para desarrollarse. Desde la Fundación creemos que eso sucede en ambientes sanos (física, mental y emocionalmente), inclusivos y seguros, donde los adolescentes puedan equivocarse, aprender y ser estimulados; e intentamos por muchos años que el galpón donde realizábamos los programas sea ese lugar seguro.


A pesar de que la situación económica nos llevó a tener que dejar ese lugar a principios de este año, esto no significó que dejemos de trabajar en el desarrollo juvenil. Como nuestro nombre lo dice, este desafío nos llevó a repensarnos y reinventarnos para seguir trabajando con jóvenes. Con programas como “Academia de Deporte para el Desarrollo”, “Jóvenes Creadores de Ciudades” y “Ciudades Felices”, además de potenciar a los jóvenes, necesitamos una ciudadanía activa que también es clave para generar ideas y aportar soluciones a los problemas de una ciudad que tenga a las personas como el centro de su diseño.


Tenemos que crear plataformas de colaboración intergeneracional en las que los jóvenes puedan convertirse realmente en agentes del cambio, actuando no por miedo y urgencia, sino por un análisis frío. El futuro aún no ha ocurrido y podemos darle forma juntos.

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