Quema de las islas del Delta del Paraná: sus impactos silenciosos

En Rosario y alrededores, el humo ya integra el aire respirado por sus habitantes y las cenizas se han vuelto parte de la cotidianeidad.

Cada año, las islas del Delta del Paraná, territorio compartido por las provincias de Entre Ríos, Santa Fe y Buenos Aires, se ven amenazadas producto, entre otros factores, de quemas intencionales y accidentales que pierden el control.




Más del 80% del territorio de las islas está conformado por vegetación herbácea, mientras que 16% está ocupado por plantaciones forestales y el restante 4% por bosques nativos. Esta vegetación herbácea permanece más del 70% del tiempo con agua en superficie en regímenes naturales; al descender las aguas, parte de dicha vegetación queda al descubierto y se seca por las heladas ocurridas entre julio y agosto, convirtiéndose en grandes acumulaciones de combustible seco, que junto con grandes ráfagas de viento, generan incendios incontrolables.


Dentro de los impactos ambientales generados, las quemas producen la emisión de grandes cantidades de gases de efecto invernadero a la atmósfera, promoviendo el aumento de la temperatura media mundial y alterando los regímenes climáticos, los cuales afectan directamente a la producción agropecuaria.




El Delta es un gran sistema de humedales que alberga una inmensa y variada flora y fauna. En él habitan más de 50 especies de mamíferos, cerca de 300 de peces, 260 de aves, 27 de anfibios y más de 30 especies de reptiles. Esta extensa biodiversidad se ve afectada ante las quemas, especialmente aquellas especies que no poseen la capacidad de escapar rápidamente. Muchas de las que sobreviven, sufren de igual manera los impactos de la pérdida de su hábitat, refugio y recursos tróficos. Además, en pequeños cuerpos de agua puede ocurrir un aumento rápido de la temperatura, provocando la muerte de peces y organismos acuáticos.


Según un estudio realizado por el CONICET, conjuntamente con la Universidad Nacional del Litoral, “los cambios de hábitat inducidos por el fuego tienen efectos más profundos a largo plazo que el propio fuego sobre la biodiversidad, durando inclusive muchos años, ya que, a los impactos directos e inmediatos de la destrucción rápida del hábitat provocada por los incendios, se suman efectos indirectos aún más difíciles de medir y cuantificar, pero presentes y perdurables”

Con el avance de malas prácticas de producción y una deficiente planificación del uso del suelo, el humedal va cambiando su composición. Mucho del material liberado al aire es depositado sobre cuerpos de agua y escurre por los diversos canales que lo nutren, provocando cambios en la concentración de nutrientes y el aumento de la carga de partículas sedimentables, generando alteraciones en la calidad del agua, las cuales pueden tardar años en revertirse. Además, el suelo pierde gran parte de su contenido de materia orgánica y minerales, provocando desequilibrios en variables como la acidez, reserva de nutrientes, porosidad y actividad biológica. Especialmente, la pérdida de nutrientes esenciales para el crecimiento de vegetación, como el nitrógeno y fósforo, provocan la disminución de la fertilidad del suelo, característica que cuesta mucho recomponer.




Un impacto relevante, según indican los investigadores de la Plataforma Ambiental de la Universidad Nacional de Rosario, fue la disminución de carbono almacenado en el suelo, estimándose una pérdida media de dióxido de carbono equivalente a 16 toneladas por hectárea. El destino de estos gases fue la atmósfera y, sumado a la pérdida de vegetación, tanto los suelos como la vegetación del humedal perdieron su rol de sumideros.


Los humedales son ecosistemas esenciales para la vida en la Tierra, y en Argentina ocupan aproximadamente el 21% del territorio, pero no existe un marco legal que los proteja.

A nivel internacional, a través del Convenio de Ramsar, firmado en el año 1971, el cual tiene la misión de promover la conservación y el uso racional de los humedales mediante acciones locales y nacionales y cooperación internacional, se reconoce al Delta del Paraná, los Esteros del Iberá y los Humedales de la Península de Valdés, entre otros, como un Sitio Ramsar. De esta manera, se considera a las islas del Delta como un sitio vital para la conservación de la biodiversidad y sustento de la vida humana, debido a los beneficios y servicios que su ecosistema brinda. Estos son fuentes de agua dulce, cuna de una inmensa diversidad biológica, mitigan sequías e inundaciones y almacenan carbono, ayudando a combatir los efectos del cambio climático y proteger a las poblaciones de los mismos.




La pérdida o degradación de los humedales, no sólo ataca su capacidad natural para atrapar carbono, sino que se suma la liberación de gases de efecto invernadero a la atmósfera, agravando aún más la situación crítica ambiental que atravesamos. Detener la destrucción del Delta debería ser una prioridad, así como también, el desarrollo de programas de concienciación, conservación y uso responsable del territorio, que permitan incorporar una mirada responsable y sustentable con respecto a estos ecosistemas.

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