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La matriz energética europea en jaque ¿una oportunidad para las energías renovables?


A casi dos meses del ataque e invasión de Rusia sobre Ucrania, tras el reconocimiento ruso de la independencia de las regiones ucranianas de Donetsk y Lugansk, Putin choca con la resistencia de Kiev y continúa la situación de incertidumbre. Claro está que se han violado, como ocurrió en reiteradas oportunidades, los principios de soberanía e integridad territorial estipulados en la Carta de Naciones Unidas. A su vez, se ha generado una grave situación humanitaria con más de 3 millones de refugiados y consecuencias brutales en la población civil.


Ucrania se presenta como un “Estado tapón” entre Europa y Asia. Dicha relevancia geopolítica condujo al gobierno de Putin a justificar su accionar -en lo que denominó una "operación especial"- en la seguridad y protección a las minorías prorrusas y en la intención implícita de reflotar el rol de potencia en su histórica zona de influencia. Como condición de cese al fuego, ha demandado la desmilitarización y la prohibición de que Ucrania se sume como miembro a la OTAN, ya que rechaza el acercamiento hacia occidente de este país. Además, cualquier trato que no signifique la rendición del enemigo, implica una revelación de debilidad en la figura del gobernante ruso.


En función de la historia común que comparten ambas naciones, este tipo de presiones han tenido su efecto en el pasado. Por ejemplo, en 2013 el entonces presidente de Ucrania, Víctor Yanukóvich, suspendió la firma de un acuerdo de asociación con la Unión Europea. En aquella situación, Rusia optó por coaccionar con importantes contrapartidas económicas, como la reducción del precio del gas. Asimismo, el conflicto actual debe entenderse teniendo en cuenta la incorporación de la península ucraniana de Crimea a Rusia en 2014. Luego de un cuestionado referéndum en Crimea, con más del 97% de los votos a favor, se produce la anexión a Rusia, lo cual generó que meses después, grupos separatistas de Donetsk y Lugansk se autoproclaman “repúblicas populares” y reclaman integrarse también a Rusia, convirtiendo al este de Ucrania en escenario de conflicto.


Aún Moscú no ha alcanzado el objetivo inicial que desató la invasión, ni ha logrado la ocupación de todo el país ucraniano. Por ello, ha decidido centrar sus esfuerzos en el este, donde se recrudecen los combates y se lanza una nueva ofensiva. Ante las frustradas negociaciones, el Kremlin ha decidido avanzar hasta el Dniéper como frontera "natural" para controlar toda la región del Donbás.


Uno de los efectos directos que ha producido la guerra entre Rusia y Ucrania se vincula a la inseguridad energética, debido al aumento del precio del petróleo en un 44% y del gas en un 75%, los cuales afectan gravemente a los países como consecuencia de la histórica dependencia internacional a los combustibles fósiles. De acuerdo al informe de 2021 del BP Statistical Review of World Energy las exportaciones de gas ruso a todos los continentes supusieron el 19,14% del total mundial y las de petróleo fueron del 12,33%. La mayor parte de estas exportaciones son destinadas a países europeos, quienes según la Federación Europea de Transporte y Medio Ambiente (T&E), dependen aproximadamente en un 40% del suministro de gas ruso, lo cual tiene un costo de unos US$118.000 millones diarios.


La preocupación por la inseguridad energética ya se ha observado en disputas anteriores entre Rusia y Ucrania, como ocurrió en enero del 2006 y enero del 2009, cuando los países europeos sintieron las repercusiones negativas de su dependencia con Rusia como proveedor. Esto se debe a la politización de los recursos y el uso de los mismos como un “arma energética” por parte del Kremlin, con el fin de lograr objetivos explícitamente políticos.


Como resultado de estos hechos, existe la posibilidad de un cambio en la matriz energética que podría retornar al carbón o la utilización de energía nuclear como fuente de energía. Sin embargo, se abre una ventana de oportunidad para la promoción y desarrollo de las energías renovables en los países que deben resolver su dependencia con un país afectado por sanciones económicas y aislamiento relativo producto de su comportamiento internacional.


En el caso de la Unión Europea, se anunciaron planes para instalar turbinas eólicas, paneles solares y bombas de calor. Un ejemplo de este impulso europeo es el plan REPower para lograr energía más barata, segura y sustentable para desprenderse del consumo de combustibles fósiles rusos para el año 2030, aunque la acción inicial se concentrará sólo en el gas. Se propone la intensificación del desarrollo de energías renovables, como el biogás, que se produce del desperdicio de alimentos y cultivos, y el hidrógeno. La Comisión Europea también señala que hay un gran potencial en los paneles de energía solar de techo, ya que se podría abastecer al 25% del consumo de energía eléctrica a través de dichos paneles.


La nueva realidad geopolítica y del mercado energético obliga a acelerar drásticamente la transición hacia energías limpias, para poder contar con la codiciada seguridad energética, que implicaría energía asequible y previsible. Frente a la incapacidad de los actores globales para resolver la situación actual, las naciones deberán apostar a las energías renovables, compatibles con los objetivos climáticos, como la vía de suministro más estable y segura.

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